Compartir en Facebook

            El Viaje




Dejamos Espodende sin encontrar un lugar para aplacar nuestros estómagos y nos dirigimos un poco mas al sur para llegar a Ofir apenas 3,5 kilómetros de distancia atravesando un puente sobre el Río Cávados. Durante el trayecto puedo asegurar que no nos encontramos con ninguna clase de vehIacute;culo o viandantes. Soledad perfecta.
Todo aquel terreno estaba edificado con chalets con unas impresionantes parcelas pero sin ningún signo de habitabilidad, aunque tambié es verdad que no era la época má adecuada para ello. Por fin después de varias vueltas sin saber donde estábamos, nos encontramos con una cafetería que hacia las veces de restaurante que estaba abierta. ¡Que suerte la nuestra!. La sensación de soledad aumentaba por momentos, ni un solo coche aparcado en este lugar y por supuesto éramos los únicos clientes que tenía el local. La persona que recepcionaba, era la que preparaba la mesa, atendía la cocina o plancha y te servía, aunque es de reconocer que lo hacia muy amablemente.
Partimos de aqui sin pena ni gloria pero satisfechos gastronómicamente haablando, para dirigirnos a la Playa de dunas cercana declarada de protección medioambiental. Dejamos el coche aparcado en el arcen de la carretera que recorre este litoral y nos dispusimos a bajar a la playa por las pasarelas de madera existentes al efecto.
El sol ya se contraba a media altura para dar entrada a la luna, que en aquellos días la misma se encontraba alrededor de 50.000 kilómetros mas cerca de la tierra que lo habitual, aunque por unas inoportunas nubes no pude aprovechar el momento para una fotografía, cosa que me fastidió enormemente aunque luego tuve la ocasión. Dejada atrás esta anédocta y una vez pisada la arena de la playa, la sensación que senti no la sabría explicar. Nos encontrábamos los dos solos, cara a cara con el astro rey en un hasta mañana, percibiendo el olor a mar, sintiendo su brisa y sobre todo sin nadie a nuestro alrededor. Sentíamos el silencio, la soledad y el poco aire que hacía acariciaba nuestros rostros. En fin un auténtico Edén. Estuvimos paseando por allí mas de una hora, disfrutando de este momento hasta que nos dimos cuenta de la realidad. Era hora de proseguir nuestro viaje hasta Apulia unos kilómetros mas adelante.
No sabíamos bien hacia donde nos dirgíamos y que era lo que nos encontraríamos. Sin embargo nuestra obsesión por conocer nos llevó a otro lugar que nunca se nos olvidará de nombre APULIA. Continuando por la carretera del litoral, al fondo divisamos unas construcciones que nos eran familiares en los paisajes de La Mancha en España. Unos Molinos de Viento.
Antes de dirgirnos para verlos, dejamos el coche otra vez en la carretera y bajamos a la playa. Si la de Ofir era arenosa, esta estaba salpicada de pequeñas rocas que la daban un atractivo especial. Pequeños moluscos como los mejillones se encontraban entre los huecos de las mismas, esperando que subiese la marea y aprovechar el alimento que traia el mar.
Cogimos de nuevo el coche para plantarnos delante como D. Quijote de estos Molinos, que antiguamente se empleaban aprovechando la fuerza del viento del lugar para moler el maiz o cualquier otro grano, en la actualidad y restaurados por sus propietarios constituyen sus viviendas para la época estival. Ubicados en hilera a lo largo de la playa, es sin lugar a dudas y a la puesta de sol con la luna plena uno de los más atractivos paisajes de esta zona de Portugal.
El sol se estaba marchando y el frío se iba metiendo en los huesos. Teníamos que volver a nuestro pesar a Esposende y al apartamento. Las reservas de latas de conserva y el pan comprado en Apulia, nos ofrecerían una grata cena. Mañana nos esperaba Barcelos.