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            El Viaje




Después de visitar Concarneau, Pointe du Raz y Pointe du Van, llegamos al camping a altas horas de la noche, una liviana cena y a la cama ya que a la mañana siguiente nos esperaba un largo trayecto de 476 kms. de ida y vuelta hasta Saint-Malo, uno de los puntos enigmáticos de Bretaña junto con Le Mont-Saint-Michel.
Fundada en el siglo XII, Saint-Malo debe su nombre a un monje galés llamado Mac Low, que ubicó su arzobispado en Alet, muy cercano a donde hoy se encuentra Saint-Malo.
Pasear por las calles del recinto amurallado de Saint-Malo, me trae el recuerdo de la visita que hicimos a Le Mont de Saint-Michel con una única diferencia, este último aunque más masificado que el primero tiene mas sabor medieval. Quizás sea por las numerosas reformas que ha tenido que padecer a través de los tiempos debido a los continuos ataques de corsarios e incendios que ha sufrido la ciudad, quedando apenas cuatro o cinco de las típicas casas bretonas de madera.
El flujo de visitantes es tan intenso que hace de Saint-Malo una ciudad incómoda. El conseguir una plaza de parking fuera de la ciudad intramuros, se hace tan complicado como llegar a tener una disputa con cualquier otro visitante. En nuestro caso en concreto se tradujo en una pequeña riña entre una ciudadana francesa por una plaza de aparcamiento.
Nuestra entrada a la ciudad intra-muros se produjo por la Puerta de Dinan, una de las puertas laterales que se conservan. Casas de piedra con sus paredes un tanto oscurecidas y calles estrechas y llenas de gente nos esperaban.
Eran ya cerca de la una del mediodía, ya que el viaje duró casi tres horas, y nos decidimos a buscar un restaurante para comer, no porque tuviésemos apetito, sino porque los horarios franceses para la hostelería son bastante estrictos. El elegido fue uno llamado Timothy que a la vez era salón de té y pastelería. Elegimos este como podríamos elegido otro cualquiera ya que la oferta en este sentido es bastante amplia, la cuestión era que no hubiese mucha gente, pero aún con eso tuvimos que esperar mas de un cuarto de hora para sentarnos a la mesa. Por supuesto y como de costumbre terminamos los últimos en comer.
Una vez reposada un poco la comida seguimos callejeando hasta llegar a la Catedral de Saint-Vicent, construída en estilo gótico en el siglo XII. El edificio destruído parcialmente durante la segunda guerra mundial, fue reconstruído agregándole las vidrieras que se pueden ver en la actualidad y la aguja de la torre construída en granito. Fue de nuevo abierta al culto en 1972. En la misma se encuentran depositados los restos de Jacques Cartier, que partió de este lugar en el año 1535 para descubrir lo que hoy es Canadá.
Continuamos nuestro paseo hasta alcanzar una de las escaleras que dan acceso a lo alto de las murallas. Desde esta altura algunas de las vistas son espectaculares pudiendo observar de cerca entre otras cosas, el Torreón del Homenaje, la Puerta de Saint-Vicent considerada el principal acceso a los intra-muros donde se encuentra el Ayuntamiento y los islotes donde se pueden ver La Fortaleza Nacional y los construidos sobre otros más pequeños como son Le Petit Bé y Le Grand Bé. Al primero se puede llegar caminando cuando la marea esta baja.
Eran ya cerca de las siete de la tarde y el cansancio iba haciendo mella en nosotros, aparte aún nos quedan otras tres horas de coche para regresar al camping, por lo que decidimos terminar nuestra visita no sin antes saciar un poco nuestra sed en un bonito lugar llamado La Belle Epoque , donde se toman unos buenos combinados sobre todo los mojitos.
En fin una ciudad para otros encantadora y para nosotros demasiado masificada y mitificada, lo cual no quiere decir que si se puede hay que isitarla.