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            El Viaje




Situada al final del Valle de Tarentaise en plenos alpes franceses, es más conocida por sus cuatro famosas estaciones invernales que conforman el espacio de Les Arcs.
En la época de año que la visitamos, finales junio principios de julio, la tranquilidad y el relax eran completos, el paseo por la zona peatonal constituyó toda una gozada. Tiendas y restaurantes con apenas turistas, esperaban para ofrecer sus productos con una atención exquisita.
Las calles semivacias te permitían fotografiar sin agobios las coloridas casas y hasta entretenerte en sacar detalles de las mismas. Aús estando en tiempos de rebajas se podía comprar con absoluta tranquilidad.
Durante nuestra visita de mañana, aparte de la tranquilidad lo que más sensación visual me impacto fué el magnifico entorno de su Iglesia y la tienda de quesos, fiambres y pates de nombre Hauteluce enclavada en una casona impresionante y que aunque con unos precios bastante elevados, la calidad de los mismos es extraordinaria.
Después de comer en el restaurante Petit San Bernard situado en la calle principal, nos dirigimos hacia el Col petit San Bernard que a pesar de sus 2.188 metros de altitud, su ascensión por carretera de Bourg no es demasiado fuerte.
Según se va ascendiendo las vista se vuelven majestuosas como las existentes desde el mirador Panorama des Arcades hasta llegar a la cima donde se encuentra la estatua de San Bernardo. A partir de este punto y a escasos metros se encuentra el punto fronterizo con Italia donde comienza el descenso.
Descenso bastante violento con una gran pendiente y numerosas curvas pero con sitios inovidables como la pequeña cascada o un bonito restaurante-bar existente a un lateral de la carretera, pero lo peor estaba por venir. Pasada la estación invernal de La Thuile, la carretera se convierte en un verdadero martirio ya que en apenas dos kilómetros te encuentras con ocho zig-zas impresionantes. Creo que en mis viajes por Europa, jamás me he encontrado con nada igual, pero al final mereció la pena. La llegada al pueblecito de Morgex, constituyó una de las más bellas vistas del macizo del Mont-Blanc.
Y de nuevo como es nuestro sino en nuestros viajes y como el tiempo vuela, tuvimos que dejar aquella visión para volver a nuestra residencia.